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Circuitos cortos, pequeños productores y ecosocialismo

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Si la crisis del coronavirus evidencia principalmente la importancia de un servicio público de salud de calidad, también permite entrever medios de producción y distribución agrícola para el mundo del mañana.  Desde hace algunas semanas, los medios de comunicación franceses señalan la multiplicación de iniciativas en los territorios rurales que tienen como objetivo la distribución de productos agrícolas por medio de los circuitos cortos. El éxito de la plataforma regional lanzada hace dos semanas en la región Occitanie, que hace una lista de los productores locales y los pone en contacto directo con los consumidores, confirma que el circuito corto va viento en popa. Al revés, en los territorios rurales, el supermercado ha pasado a ser objeto de miedos por parte de los consumidores que evitan exponerse al virus y buscan la proximidad y la calidad de los productos. ¿Sería la revancha de los pequeños productores sobre los grandes, por el desarrollo de la venta en circuitos cortos? El circuito corto representa tanto una oposición a la agricultura productivista como un medio para los pequeños productores de proponer un proyecto de agricultura social, ecológica y sobre todo económicamente viable.

Así es la desgracia de la agricultura productivista, en la cual la mayoría de los productores franceses están enmarañados hoy día. Una agricultura cuya norma es el sobreendeudamiento. Una agricultura cuyo productor ya no es el impulsor económico de los territorios rurales, está aislado, y obligado a competir con explotaciones mucho más grandes contra las cuales no puede luchar. Como por todos los territorios en los que se aplica el capitalismo, la agricultura contemporánea pone en peligro a los más débiles. Europa, a través de la Política Agrícola Común, no hace nada para reducir esas desigualdades, con subvenciones que dependen del tamaño de cada explotación agrícola, y los pequeños productores no pueden competir con los grandes. Tanto es así que el balance de la agricultura capitalista es pesado. En 2019 en Francia, 605 agricultores se suicidaron y el 57% de ellos se beneficia de la cobertura médica universal. La sobremortalidad de los agricultores más débiles señala la situación de estancamiento de nuestro sistema que excluye a los pequeños a favor de los grandes, lo que destruye la imagen de esta profesión.

Para retomar los términos del antiguo portavoz de la confederación campesina José Bové, “Hay que desarrollar una idea responsable del desarrollo agrícola en beneficio de todos”. Son dos modelos distintos que se afrontan; por un lado, los productivistas con granjas desmedidas de “mil vacas”, por otro lado, los pequeños productores que quieren volver a apropiarse de su producción. No es casual que los productores de carne bovina sean los más impactados por la sobremortalidad. Los pequeños productores de carne, endeudados, que sufren de la volatilidad de los precios, perciben que no tienen futuro en su profesión. Al optar por un tipo de distribución en circuito corto, el pequeño productor recupera lo que el productivismo le confiscaba: su autonomía. Una autonomía ante todo financiera. La reducción de los intermediarios de distribución como mayoristas y detallistas permitirá a los pequeños productores disfrutar de los frutos de su labor. El productor vuelve a apropiarse de su producción. Además, el producto del campesino se autonomiza, se convierte en el producto de un territorio, de un modo de producción que le da cierto prestigio, lo valora. Para el consumidor, es un factor que tiene importancia, la proximidad garantiza la calidad del producto.
Así que el circuito corto se convierte en medio de distribución seguro para un consumidor que sigue impactado por los diferentes escándalos sanitarios de estos últimos años.

Por lo tanto, el desafío del futuro será el de hacer producción y distribución en circuito corto de manera permanente y sostenible, con el fin de mantener esta señal de calidad. La demanda de los consumidores por comprar por circuitos cortos está aumentando y esta práctica ha seducido casi a la mitad de los franceses. Sin embargo, una encuesta del INRA (Instituto Nacional para la Investigación Agronómica) en 2013, mostraba que el 42% de los franceses gastaban 25€ por semana en productos procedentes del circuito corto, pero también que este modo de consumo era el de una parte privilegiada de la población. La producción campesina del futuro deberá por lo tanto conquistar a las categorías más débiles económicamente. Se necesitarán sin duda esfuerzos importantes por parte de los productores, específicamente en el área de la logística. Así que las colectividades locales tendrán que intensificar las iniciativas que ya existen, como los comedores de circuito corto, para acompañar cada vez a más agricultores hacia esta tendencia de consumo y alcanzar a nuevos consumidores.

El circuito corto pone en relación actores económicos de varios territorios que se desertizan cada vez más. Los territorios rurales, por sus iniciativas, se están dinamizando y el productor se convierte en protagonista principal de este dinamismo. Sin embargo, no se trata de retomar viejos reflejos productivistas y capitalistas, sino de cambiar estos espacios rurales y lugares de producción en espacios de intercambios sociales y culturales. El circuito corto ofrece una complementariedad a la economía, a los vínculos sociales y a la cultura en territorios rurales.

El dinamismo de estos territorios pasa ante todo por el trabajo. Ya se ha dicho, la logística es con frecuencia difícil de gestionar para pequeños productores que ya no cuentan sus horas de trabajo. En lo que se refiere a entregas y gestión de los puntos de ventas, el dinero ahorrado por la disminución de los intermediarios de distribución permite contratar a empleados. Estos últimos se encargan de realizar las entregas a los consumidores en zonas rurales y de organizar actividades de cosecha en la explotación, por ejemplo. El circuito corto libera al productor y lo saca del aislamiento. El lugar de producción se convierte en área dinámica donde los consumidores se conocen e intercambian. Sin embargo, el pequeño campesino no tiene siempre la posibilidad de contratar, pero sí puede reunirse en cooperativas con otros productores; lo que permite crear una red e influir en la economía del territorio. La agricultura campesina y el circuito corto hacen que el campesino vuelva a ser partícipe de la economía.

De esta manera, en distintos lugares pueden verse florecer explotaciones agrícolas con puntos de venta que también brindan actividades sociales y culturales. Algunos transforman sus granjas en pequeños museos agrícolas. Estas iniciativas pueden hacer sonreír, pero desempeñan un papel social y cultural importante. Las granjas son por lo tanto lugares de intercambios donde se transmite un saber hacer agrícola. Un saber hacer que combina tradición y modernidad, territorio local y nuevas técnicas de agricultura biológica. Los ejemplos de este tipo son múltiples y diferentes según los territorios, pero llaman la atención sobre la toma de conciencia de los productores respecto al papel económico, social y cultural que cumplen para una transición ecológica y social.

Así que el circuito corto es una herramienta útil al pequeño productor; este recurre al apego por el territorio que es un valor fuerte para el consumidor. Ahora, el “comer bien” va de la mano con el “comer local”.
El pequeño productor vuelve a ser un agente de referencia de los territorios, recupera su misión principal: producir para alimentar. En esta nueva visión del productor deben enfocarse las políticas de las colectividades locales. Porque, aunque la batalla para salir de un modelo agrícola capitalista no está ganada del todo, el circuito corto es seguramente un componente para una agricultura campesina y ecosocialista.

Para desarrollar esta visión, el Estado deberá relacionar al productor con el consumidor, por la educación a la alimentación local, lo que se desarrolla en las ciudades rurales pero todavía es poco común en los suburbios y centros urbanos de las grandes ciudades. Las cooperaciones entre comedores y productores deberían seguir desarrollándose, a fin de educar a todos los niños a las producciones locales. No faltan las iniciativas.

Hoy día, salir de lógicas productivistas es un imperativo para nuestros productores. La crisis que estamos viviendo nos incita a reflexionar sobre el mundo del mañana, sobre soluciones de producción sostenible. Por su funcionamiento, la distribución en circuito corto es un mecanismo que dinamiza tanto las empresas agrícolas como sus territorios. Pero también es una solución para futuras políticas ecosocialistas de planificación agrícola. Aunque ciertos desafíos ecológicos todavía pueden afectar este modo de distribución, el beneficio ecológico es cierto. Las políticas ecosocialistas deben apoyarse en este tipo de mecanismo para que se pueda aplicar la regla verde en el futuro.

 Hugo Granger

Traducido del francés por Alice Carette e Cyril Roquet

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